Análisis Profundo: Hipólito por el huevo, ¿Leonel por el plátano?
La tasa de popularidad de los presidentes dominicanos ha estado vinculada intrínsecamente con las variaciones de las cotizaciones de los principales productos de consumo. Es interesante observar como las fluctuaciones en los precios de ciertos productos incide de manera directa en el grado de aceptación de un presidente en determinadas coyunturas.
En nuestro país un aumento de los precios de los productos de consumo básico es un confiable indicador de que la popularidad del gobierno en mando comenzará a descender a menos que se radique una política correctiva de inmediato. De la misma manera, si los altos precios se logran consolidar en el mercado, esto se podría traducir en una derrota en el terreno electoral.
Naturalmente todos los pueblos reaccionan ante las más leves fluctuaciones en las cotizaciones de los componentes de su canasta alimentaria básica, pero no hay pueblo alguno que lo manifieste como el pueblo dominicano cuando visita las urnas. Muchos podrán considerar esta actitud como positiva, pues el pueblo clama de la manera más democrática por reivindicaciones de carácter socio-económico. En realidad es algo positivo, pero hay que ver en qué medida lo es.
Un pueblo no puede fijar una posición política de carácter radical o absoluto bajo el simple concepto de que el costo de la vida es alto, pues ese no es un concepto clave para evaluar la gestión de un gobierno. Hay muchas variables que analizar al momento de fijar una posición política sana.
Primeramente debemos indagar cuáles han sido las razones que han provocado el aumento de los precios y de inmediato determinar por medio de la investigación y el análisis profundo quien ha sido el auténtico culpable de toda la situación.
Segundo, hay que evaluar de la manera más objetiva posible las aptitudes de los candidatos opositores. Esto se hace evaluando sus antecedentes en el plano representativo, en el ámbito laboral-profesional y en el personal. Es por ello que no se debe caer en la tentación de ceder cuando los candidatos apelan a los sentimientos atacando de manera rabiosa y superficial a las circunstancias coyunturales.
Tercero, es preciso realizar un balance sobre los aportes del gobierno dado en función del bienestar del pueblo. Unos aportes tanto positivos como negativos que resultan de la ejecutoria de políticas gubernamentales y de la planificación. Al pasar las cuentas, entonces será posible determinar que tan productivo ha sido un gobierno en términos generales.
Cuarto, hay que evaluar las propuestas de los candidatos y del partido oficialista. Un oficialismo que no aporte nuevas ideas y las estrategias de ejecución concernientes a ellas, no presenta ninguna garantía para la evolución del estado en función de su crecimiento y avance. Por otro lado hay que observar meticulosamente las propuestas de cada candidato y verificar su factibilidad para todos los sectores de la población. Un candidato que no presente estrategias bien elaboradas, no presenta nada.
Por último es necesario definir cuál es el mejor candidato para el pueblo tomando como referencia los resultados de los procedimientos descritos en los puntos anteriores. Solo de esta manera se puede arraigarse una posición política sana y fructífera para el buen uso de la democracia.
Desafortunadamente el pueblo dominicano no elige a sus representantes bajo el análisis que se ha descrito anteriormente. Es un mal hábito, probablemente inducido por el sistema partidario, que se ha convertido en una tradición política para el país. Una tradición que según lo que podemos evidenciar a través de la historia, ha sido sumamente perjudicial para el pueblo dominicano.
Bajo el incorrecto ejercicio de la democracia, algo que ha sido bien aprovechado por los partidos políticos, se ha creado un perfil funesto del hombre dominicano. Al día de hoy el dominicano es un ente individualista, egoísta, altanero y de prejuicios que pretende dar respuestas a todo lo que sucede a su alrededor con posturas irrisorias y rabiosas.
Ante un pueblo que no reflexiona y que solo juzga por las apariencias, solo queda por preguntarse:
“Si Hipólito perdió por el precio del huevo y del pollo, ¿Acaso Leonel perderá por el precio del plátano y el guineo?”
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