Las religiones: “fuentes de maldad y discordia”
Las sociedades occidentales son tildadas por ser las más seculares del mundo y en particular en el plano de la relación entre el estado y las religiones. No obstante a ello, la realidad parece ser otra muy distinta cuando analizamos profundamente los diferentes tipos de influencias directas e indirectas que existen sobre el estado y sus representantes. En ese sentido la religión figura como una de las más importantes.
La imponente influencia de las iglesias más prominentes, primordialmente de la Católica Romana, en el mundo occidental ha sido bien denominada por muchos como el cuarto poder “de facto o no oficial” de sus naciones. El poder de estas ha calado hasta tal magnitud que relevantes disposiciones públicas – sobre salud, seguridad social, desarrollo económico y otras más- han sido descartadas, y durante el parpadear de un ojo, por las presiones de grupos religiosos con una moral fundada en tradiciones orales cuyo origen supera los dos mil años. Una moral religiosa cuyos principios y valores no solo atentan seriamente contra las evidencias brindadas por las experiencias de acontecimientos históricos y el razonamiento científico, sino que también atentan contra las vidas y el progreso colectivo de cientos de miles –inclusive aquellos que no forman parte de la religión dominante-.
Habiendo observado este importante aspecto cabe resaltar que el occidente está corrompido de una forma homóloga a aquellos países del Medio Oriente, aunque, y es necesario señalarlo, no en la misma magnitud. En el occidente la relación del estado y la religión es sólida e indirecta, mientras que en el Medio Oriente dicha relación tiene un carácter oficial y las doctrinas religiosas son efectivamente las leyes del estado mismo.
Si han de preguntarse cuál es la fuerza más corrupta en los países del mundo – e independientemente del sistema político- es casi inminente que, al menos en su subconsciente, surja la palabra “religión”. Los sistemas de “fe” afectan a todo un universo de individuos ajenos a la religión indirectamente. En los Estados Unidos la “fe” ha trascendido de tal manera que hasta los estandartes de libertad concebidos por los padres fundadores han sido deliberadamente quebrantados. En el año 1956 la Cámara de Representantes de dicho país aprobó el lema nacional “In God We Trust” - En Dios Confiamos- cayendo en la ilegalidad por lo citado en la primera enmienda aplicada a la constitución: –“El Congreso no hará ley alguna con respecto a la adopción de una religión o prohibiendo el libre ejercicio de dichas actividades; o que coarte la libertad de expresión o de la prensa, o el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente, y para solicitar al gobierno la reparación de agravios”. Este lema nacional agravia la dignidad y el patriotismo de aquellos que no profesan culto a una deidad o son indiferentes a esta y esto, sencillamente, es inaceptable e injusto.
Si un inmigrante desea migrar al país del “sueño americano” tiene que profesar una especie de fe por uno o varios “dioses personales”, pues de lo contrario solo podría encontrarse con un sueño truncado y oscuro. El no tener una creencia en un “dios personal” puede implicarle a un individuo la pérdida inmediata de su trabajo, sus amigos y su dignidad en el escenario público. En la potencia donde se propugna por la garantía de las libertades individuales y la democracia está envuelta actualmente en lo que se podría llamar un “fascismo cristiano”.
Cuando los hombres de principios del siglo XX se figuraban los inicios del nuevo milenio probablemente se imaginaron a un mundo con una sociedad avanzada y no sectorizada. Quizás se imaginaron con una “nación mundo” en búsqueda de relaciones “comerciales” con civilizaciones extraterrestres. No obstante esto no sucedió. Durante todo el trascurso de ese siglo el mundo estuvo sectorizado por un odio primordialmente fundamentado en las diferencias de “fe”.
Es difícil imaginarse cómo será el siglo XXII, pero algo en particular se mantendrá perenne hasta aquel entonces: la división del mundo por las diferencias de fe. Sin lugar a dudas ese será el principal obstáculo del desarrollo del humano y hasta de la mismísima ciencia durante el transcurso del presente siglo. La enraizada necesidad de los humanos en creer en una deidad sobrenatural, su obstinación en mantener distintos patrones inequívocos de venerarla y la pretensión de imponer los códigos morales derivados de sus “enseñanzas” a un universo van en detrimento de la paz entre las diferentes sociedades del mundo.
Definitivamente nunca nadie pudo haber pensado que algún día el progreso tecnológico y científico de los humanos estaría vulnerado por la fe. En efecto muchos aún piensan que esto no sucede o es imposible, pero están equivocados. Los humanos, y a consecuencia de la malograda expansión de las religiones, cuestionan en la actualidad seriamente a las leyes de la evolución y al unísono empiezan a creer que, de alguna forma, el mundo tiene los seis mil años que señalan los judíos y no los cuatro mil quinientos millones de años delimitados por la ciencia. Si se cuestiona a cien estadounidenses sobre la edad del universo, es bastante probable que la mitad le indique que su edad es menor a los 10 mil años. ¿Acaso la mitad de los norteamericanos no han visitado museos donde se pueden visualizarse fosiles de dinosarios cuya datación supera los 70 millones de años? Es algo increíble, pero concluyentemente cierto.
La creciente tención entre las tres religiones abrahamicas sugiere que en cualquier momento podría estallar una tercera guerra mundial en la cual los “Soldados de Alá” se enfrentarán contra las “Fuerzas Malignas y Demoníacas de Occidente” y donde, y por, y por el contrario, las “Fuerzas Armadas de la Libertad -y la Democracia-” lucharán contra las constantes amenazas de los “Terroristas”. Simplemente las partes no negociarán y así lo han establecido a lo largo de más de 50 años de conflicto. Ese tétrico escenario, por lo tanto, es de una inminente ocurrencia.
Ya es hora de comprender el daño fatal que están infligiendo las religiones a la humanidad. La realidad es que el tiempo se acaba para llevar emprender soluciones que den un fin definitivo a los crecientes conflictos entre las comunidades religiosas del mundo. Lo ideal sería acoger la ciencia y abandonar la tradición religiosa, pero esto es muy complicado y socialmente contraproducente al corto y mediano plazo. Esto sería posible si se prohibiera el adoctrinamiento infantil por parte de las religiones. Si se lograra esto último sería posible que, en un futuro quizás no muy lejano, las futuras generaciones humanas formaran esa comunidad globalizada en disposición de conquistar hasta el más recóndito espacio del universo.
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Y, sin embargo, todos somos religiosos. La crítica hecha corresponde a las religiones organizadas, pero en el entendido de que la religión no es sino el estilo de vida influenciado por un conjunto de creencias específicas sobre algún dios (sea material o inmaterial), aún los acérrimos ateos encuentran gran tropezadero, puesto que en sí mismos cometen la falta de criticar lo que ellos mismos practican.
Por supuesto: ningún hombre es perfecto. Que el ateo proclame la “maldad” de los demás no le hace más perfecto: seguirá siendo tan humano como cualquier otro. Ahora: satanizar la fe por la sencilla razón de que muchos de los que dicen practicarla actúan mal, es un absurdo. Como dijo Jesús: “No todo el que me dice Señor Señor entrará en el reino de los cielos”. No todo el que dice ser cristiano es cristiano. “Por sus frutos los conoceréis”.
Cuando el ateo aprenda tan valiosa lección, se dará cuenta de que no le sirve de nada criticar la fe: después de todo, él en sí mismo tiene fe en sus prédicas contra la religión. Irónico, por demás.
La fe que se señala a las religiones organizadas debe ser identificada correctamente. Porque alguien diga que cree en Jesús, no significa que esté viviendo de acorde a sus enseñanzas. Porque alguien diga que Jesús es su salvador, no significa que en verdad lo sea. Su vida ha de reflejar lo que cree, si en verdad lo cree. Una vida divorciada de la creencia es una inconsistencia, y por demás, una mentira. De ahí que resulte absurdo criticar a las religiones, ya que, aunque alguien practique los ritos externos, no significa que su interior abraza y vive lo que dice creer.
Conferencia Episcopal Venezolana: Caterva de Ladrones del Trabajo y la Conciencia
La conferencia episcopal venezolana iniciando el año 2009, tomó bando por los opresores y aniquiladores de siempre, en contra del proceso bolivariano revolucionario venezolano, que es decir del pueblo. Los argumentos son los mismos que esgrimen los lacayos del imperio usamericano. No es extraño, ya que la los fundamentos del sistema de creencias ideológico-religiosas, la hacen afín a la destrucción del mundo y la humanidad.
Veamos:
En el transcurso de la historia, las religiones se han comportado como exterminadoras y piedras de tranca al progreso social y espiritual de los pueblos.
No hay más que revisar a lo largo y ancho del devenir humano y encontraremos como la religión aniquila, corrompe y como por diferentes actores – llámense sacerdotes, iluminados, obispos, patriarcas, pontífices, etc.- impide la investigación, el progreso y el desarrollo espiritual.
Conocidos son los hechos en donde el martirio, la sujeción, la dominación, el comercio fungen como sostenedores de la religión. Sacrificios humanos, en nombre de dioses, privilegios y tradiciones, hasta el empleo de mujeres sacerdotisas dedicadas al culto de los dioses, y al placer carnal para la manutención de templos, ministros y/o representantes divinos.
El accionar religioso en su totalidad conlleva al mantenimiento del orden instituido en beneficio de los poderosos y de la misma religión, muy lejos tiene como norte el desarrollo espiritual y material de los individuos, ya que lo prevalente es el sistema de dominación espiritual y encadenamiento material en beneficio del mismo sistema.
Se puede alegar que siglos atrás quedaron las hecatombes, depravaciones y comercios que alimentaban dioses, reyes y representantes divinos. Solo revisar los textos en que se fundamentas las normas religiosas, las fundaciones y sostenimiento religioso- al menos de las tres grandes religiones dominantes: Judía, Musulmana y Cristiana, y nos encontraremos que no solo no han cambiado sino que siguen siendo los motores por las que se rigen hasta nuestros días.
Basta recordar los emblemáticos sucesos en los albores del Cristianismo con la Inquisición, que volcó tanto sangre por toda Europa, como riquezas de los sacrificados para la Iglesia; las incontables voces y descubrimientos que silenció y quemó; Los millones de inocentes americanos, sacrificados en los altares, sacramentos y teologías adormecedoras y dominadoras. Pero más recientemente no es distinto, las matanzas que llevan años los integristas musulmanes de Sudán en guerra con los cristianos y animistas negros del sur. Las guerras de diversas facciones chiítas y sunitas en las tierras de Irán e Irak en nombre de Alá produciendo millones de muertos, de heridos y de desplazados. El enfrentamiento entre tutsi y hutus en África. Ghandi vio el fracaso de su misión al ver como se destrozaban, en una espantosa guerra de religión, hindúes y musulmanes cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días en el enfrentamiento entre Pakistán e India.
Hemos asistido a guerras de exterminio en nombre de la religión en Bosnia, en Croacia, en Eslovenia, en Serbia y el resto de los Balcanes. El exterminio de Palestina por Israel lleva el sello de la muerte religiosa. Se mata en nombre de Cristo, de Alá, de Yahvé.
La religión es una institución que somete conciencias y sostiene mecanismos de atraso, los cuales le son inherentes, porque lo suyo es prevalecer sobre todo, incluso sobre los seres humanos.
Toda religión exige fe en sus dogmas y ritos, no se debe razonar, ni escudriñar en el dogma o misterio de la religión en que milita. Esta reclama fe ciega.
Examínese con ojo crítico cada uno de los dogmas y ritos de cualquier religión, y se encontrará que sostienen e invocan hechos fantásticos que a cada instante repiten con los ritos. La repetición constante obliga a la fidelidad y sumisión necesaria para que el individuo se mantenga dentro de sus filas. La repetición obliga a no pensar, anula conciencia y somete voluntades. Inmensas masas humanas repiten los ritos religiosos como escape a las disyuntivas que la interacción humana presenta día a día.
Súmese a esto las penalidades de índole moral y hasta material, que conlleva el no cumplimiento de los mismos, para garantizar que el que hace práctica religiosa no desee salir por los mecanismos de miedo que se ponen en marcha.
La religión, en lo individual, somete voluntades en lo colectivo aniquila y complota con el capitalismo para obtener beneficios a costa del sufrimiento de toda la humanidad.
Visto los métodos y usos generalizados de las religiones todas, su objetivo no es otro que el mantenimiento de un estado de cosas que sea favorable a su pervivencia como orden supra estructural de dominación y sometimiento del ser humano. La estructura en la que se fundamenta, siguiendo a Marx, debe ser una sociedad dividida, de privilegios, odios, miseria y explotación, no otra cosa es el capitalismo en cualquiera de sus presentaciones.
No es extraño, que los sostenedores de las religiones (léase: obispos, cardenales, conferencias episcopales, reyes, sínodos, concilios, pontífices, papas), se declaren enemigos jurados de todo lo que sea equidad, justicia, libertad y desarrollo humano y de todo lo que signifique que el pueblo emerja nuevo, producto de su trabajo y del cumplimiento de su deber histórico.
En Venezuela, la religión cristiana tiene campo amigo: el capitalismo, y ambos se colocan en contra del socialismo, en contra del pueblo y de las tareas que se plantea para rescatar a la humanidad de la destrucción y la muerte.
La Conferencia Episcopal venezolana no apoya los cambios, porque su esencia es el sometimiento y los privilegios. La historia de la religión la obliga a tomar partido por los poderosos, no hay camino honorable junto a estos sepulcros blanqueados; lejos de ellos tenemos todo el mundo por delante.
Solo el socialismo humano y laico, nos conduce al desarrollo humano espiritual y material necesario para lograr una sociedad justa, equitativa y libre.
dortu@cantv.net